El
15 de febrero de 1564 nacía Galileo Galilei en Pisa, en la región
Toscana. Fue el mayor de siete hermanos, y al cumplir los 10 años se
mudó con su familia a la cercana Florencia, epicentro cultural de la
época. Allí encontraría años más tarde apoyo y protección por parte de
la poderosa familia Médici. En 1581, ingresó a la Universidad de Pisa
para estudiar Medicina. No finalizó esa carrera, y comenzó a estudiar
matemática. Tampoco se graduó, pero su vida posterior estaría marcada
por esa ciencia, que combinó con otras pasiones. En 1588, ya daba clases
de matemática. Desde 1592 hasta 1610 trabajó como profesor de física en
la Universidad de Padua, en el Véneto. Fue su época más creativa y
adquirió gran renombre. Allí nacieron sus tres hijos: Virginia, Livia y
Vincenzo. En la última etapa de su vida retornó a Florencia. Falleció en
Arcetri, muy cerca de esa ciudad, en 1642. En el mismo año, Isaac
Newton nacía en Inglaterra. Los restos de Galilei descansan en la
iglesia de la Santa Cruz en Florencia, a pocos pasos del mausoleo de
Miguel Ángel.
Convengamos en que Galileo es muy conocido, sobre todo en su faz de
astrónomo: fue la primera persona en utilizar un catalejo de aumento
para mirar el cielo.
Pero Galileo fue mucho más que el fundador de la astronomía moderna.
Fue uno de los padres de la Física y de las ciencias experimentales. El
primero en afirmar que, si un carro se mueve a 10 km/h sobre el camino, y
un caballo galopa en la misma dirección y sentido a 20 km/h, el equino
avanza a 10km/h respecto del carro. O que si se mueven en sentido
contrario, se cruzarán a 30 km/h. Se llama transformación de Galileo:
las velocidades de los móviles se suman o se restan. Nadie lo había
planteado con tanta claridad antes. Años más tarde, Newton escribió: “si
he visto más lejos, es porque estoy parado sobre hombros de gigantes”;
estaba pensando, entre otros, en Galileo.
Estudió el movimiento de los péndulos. Notó que el tiempo que tardan
en ir de un lado a otro depende de su longitud, pero no de su peso ni de
la amplitud del movimiento. Es la base de la mecánica de las
oscilaciones, que se usa para describir las olas en el mar, la luz del
Sol, la propagación de terremotos, la corriente alterna y un sinfín de
fenómenos naturales. Intentó también medir la velocidad de la luz.
Como inventor, desarrolló instrumentos como el compás geométrico militar y el termoscopio, precursor del termómetro.
Pero Galileo fue, ante todo, el primer divulgador científico de la
historia. Hoy consideramos la divulgación científica como una actividad
esencial, que permite mejorar la calidad de vida de la gente. De toda la
gente, no sólo de los científicos. Galileo lo creía con fervor. Utilizó
en pleno siglo XVII recursos modernos para comunicar ciencia.
El humor como herramienta
Escribió obras en forma de diálogo entre personajes de ficción, y
utilizó en ellas el humor como herramienta. Sus obras eran accesibles a
todo aquel que supiera leer, porque Galileo escribía en italiano y no en
latín, la lengua erudita de la época. En su
Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: el ptolemaico y el copernicano
(1632), tres personajes reflexionan sobre los movimientos de la Tierra,
las mareas, la inercia y otros temas. Ellos son: Salviati, inspirado en
el propio Galileo; Sagredo, un hombre común, y Simplicio, inspirado en
el Papa Urbano VIII. Sus conversaciones aún hoy resultan provocativas.
Ese libro fue uno de los principales apoyos a la teoría
heliocéntrica de Copérnico. Le valió a su autor un juicio eclesiástico
en el cual tuvo que abjurar de sus afirmaciones por resultar heréticas,
en 1633, para después quedar preso. Galileo fue perdonado por Juan Pablo
II en 1992. Ya se sabe, perdonar es más difícil que condenar.
Aún luego de su condena, Galileo publicó en Holanda su
Discurso sobre Dos Nuevas Ciencias
(1638). Allí sus clásicos personajes discutían sobre movimientos y
fuerzas. Un capítulo trata sobre la caída de los cuerpos. Explica que
los cuerpos pesados no caen más rápidamente que los livianos. Ensayó
para ello con planos inclinados y planteó un experimento en la Torre de
Pisa. Podríamos pensarlo así: si al arrojar un yunque pesado desde lo
alto de la torre, este cayera a mayor velocidad que un martillo más
liviano (cosa que no ocurre así), ¿qué pasaría si ambos estuvieran
soldados entre sí, formando un tercer cuerpo más pesado aun? Por su
peso, este cuerpo debería caer aun más velozmente. Pero se podría pensar
que el yunque tendería a acelerar al martillo, mientras que el martillo
tendería a frenar al yunque.
Contradicción
¿El conjunto caería con una velocidad intermedia? Es una
contradicción, y el error está en la premisa: no es cierto que los
cuerpos más pesados caigan más rápidamente. En principio, todos los
cuerpos caen a la misma velocidad. Así ocurre en ausencia de aire, y fue
comprobado en la Luna. Aquí, el aire tiende a frenar los movimientos,
pero además empuja los cuerpos levemente hacia arriba: por eso los
globos suben.
Galileo fue pionero en muchos sentidos. Más de 50 años antes de que
nacieran las revistas científicas, ya escribía sobre ciencia para el
pueblo italiano. Recurría a demostraciones públicas en lugares conocidos
para sostener sus opiniones. Tenía en claro que el público era el
destinatario, y al mismo tiempo, la principal fuente de legitimación del
conocimiento. Una actitud que revalorizamos hoy, en una época en la
cual creemos prioritario democratizar la ciencia.
Galileo y el telescopio
El primer telescopio de Galileo era un rudimentario tubo de madera de
40 cm de largo y 3 cm de diámetro, con toscas lentes en sus extremos.
No lo había creado: decidió replicar la invención de un fabricante
holandés de lentes y utilizarla para sus propias investigaciones. Con
esa enorme ventaja, pudo ver por primera vez en la historia los cráteres
de la Luna. Uno de ellos, aunque no de los mayores, lleva su nombre.
También identificó las manchas solares, las fases de Venus, los cuatro
mayores satélites de Júpiter, a los que llamó “estrellas Mediceas”, y
los anillos de Saturno, aunque no pudo describirlos como tales. Pero
sobre todo, vio que la Vía Láctea está formada por gran cantidad de
estrellas. Esas observaciones están resumidas en su libro Mensajero de
los astros, de 1610.
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Divulgador científico FAMAF- UNC